Cuando el destino nos alcance

•5 mayo 2011 • Dejar un comentario

Hoy me llamaron de la Cadena SER para una final semanal del concurso de microrrelatos. Competía con otros dos, elegidos entre casi 1.000 relatos. El jurado fue determinante en el desempate final, pero lo peor ha sido relacionar al relato ganador con la película Cuando el destino nos alcance (Soylent green, 1973. Richard Fleischer), uno de mis títulos preferidos de ciencia-ficción. Bueno, al menos el participante y yo compartimos afición por el género macabro. Mi relato fue este:

La muerte en Benidorm

Este gordo ocupa mucho lugar, podría hacer que le golpearan, pero prefiero perdonarle la vida, como a la señora del perrito, tan feo como ella. Miro al otro lado de la calle y cruzo lentamente. Espero que hoy me dejen descansar en la playa. Es verano y el sol calienta el asfalto, noto el calor bajo las suelas de mis sandalias. He pasado por este lugar cientos de veces, pero hoy un camión no frena, me atraviesa y se empotra en el paseo marítimo. Ya está, hay días en que el trabajo se vuelve rutinario, tedioso. Esto no son vacaciones.

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Amanece, que no es poco

•26 abril 2011 • 2 comentarios

 Me he llevado una sorpresa al ver que mi relatillo “Inspiración” va a ser publicado como seleccionado (no premiado) en el libro “Camino de la Lengua Castellana II”, correspondiente al concurso de relatos hiperbreves sobre esa ruta literaria que une varias ciudades de España. Este es mi relato:

Es temprano, pero ya se oyen los pasos de los primeros visitantes en el empedrado. Dejo que el sol bañe mi cara, que despierte mis ojos soñolientos en este frío amanecer y sintiendo su cálida caricia me acomodo en el banco. Tras mi despido, la ciudad se muestra distinta, más cercana, he aprendido a sentir su esencia en los pequeños detalles y lleno el vacío de cada día atravesando las calles de una infancia muy cercana y, a la vez, tan alejada en el tiempo… Hoy encuentro descanso frente a la casa donde nació Cervantes, allí alguien ha dejado olvidado un cuaderno sobre un banco. Miro a mi alrededor pero la calle está inexplicablemente desierta, lo tomo extrañado entre mis manos. Es del tamaño de un folio, encuadernado con anillas y sus tapas son de cartón negro, sin nombre comercial, parece recién comprado. Lo abro con gesto pausado, pienso que si el dueño aparece ahora de forma inesperada mientras curioseo puedo decirle que busco alguna seña personal para devolvérselo. Únicamente hay una palabra en la primera página, escrita con trazo irregular… De repente, en la ventana del primer piso de la casa una figura llama mi atención, me mira y sonríe, es solo el reflejo de un sueño olvidado que ha quedado atrapado entre sus paredes y se desvanece sin ni siquiera poder identificar su rostro. Sin apenas darme cuenta me encuentro sentado entre la multitud que ha aparecido de la nada y llena la calle. Una pareja se detiene frente a mí y me preguntan “¿Podría ayudarnos, por favor, acaba aquí el Camino de la Lengua?”. Mi contestación no les deja indiferentes “Puede que ese camino no tenga fin, puede que incluso para ustedes comience en este lugar, en este mismo instante”. Me alejo hacia un lugar más tranquilo con el cuaderno bajo el brazo repitiéndome que, al menos para mí, así ha sido.

El cabo del miedo

•7 abril 2011 • Dejar un comentario

Sigo participando regularmente en el concurso de microrrelatos sobre abogados, eso sí, con escaso éxito, pero me divierte el reto.

Marzo 2011

Irrumpió en la sala de malas formas, amenazando al juez y al fiscal con llevarlos a la hoguera. Los alguaciles lo echaron con peores modos, no paraba de gesticular, agitándose como una anguila. Iba a perder el pleito, aquel momento de histeria de mi abogado significaba el fin. Giré la cabeza lentamente, mirando a mi espalda, el banco que ocupaba mi marido estaba vacío, guardando el recuerdo de su presencia como un secreto. Me esperaban días duros, iba a echar de menos las jornadas de trabajo en la Comisión nacional. De repente oí una voz que me susurraba al oído: “Laura, despierta”. Retiré las gafas sorprendida. “¿Ya está?”, le contesté. “Te lo advertí, deberías haber elegido mejor en tu menú”, me recordó Jaime cargado de razón. En el despacho estábamos enganchados al juego virtual La clave del juicio. “¿Qué le hiciste a mi abogado?”. “Tu marido conocía a su mujer…”

Febrero 2011

Crucé las puertas de la sala del tribunal desconcertado. Mientras caminaba por el pasillo en dirección a la salida el fiscal puso la mano sobre mi hombro y me dijo con gesto alegre “Has visto, pan comido”. Le miré, a duras penas lo soportaba, quise abofetearle pero todavía quedaba un interrogatorio para que se acabara esta farsa. Esbocé una sonrisa que vi reflejada en un espejo y mi cara me recordó a una sardina, no me resultaba fácil fingir. Me despidió tras darme una palmada de ánimo en la espalda sin ni siquiera mirarme, saludando a otro colega. Miré al exterior desde el vestíbulo, no llovía, mejor, no había traído el paraguas.

Diciembre 2010

Anoté la dirección con indiferencia y durante unos segundos me quedé mirando los trazos del lápiz sobre el papel, impregnados de mi resignación. Había prometido asistir a la cita con la falsa sinceridad que se comienza a utilizar para afirmarse como adulto. Una campana sonó sobre la puerta cuando entré en el bar, me esperaba junto a la única columna que había en el local, con la mirada baja, como si le pesaran las lágrimas de tanto llorar. Recuerdo cuando de joven le llamaban “el mandarina”, no había cambiado desde entonces, ni siquiera ahora que ya era abogado. Su sonrisa al verme fue franca, la mía no. Habló contándome sus penas, tenía un niño, pero ahora estaba con su mujer, que se había marchado de casa tras años de soledad. Tengo que dejarlo, me suplicó. Te equivocaste de profesión, le contesté, ya es tarde para que te devuelva tu alma.

Bladerunner

•25 marzo 2011 • Dejar un comentario

He creado una cuenta en twitter: @bedlam1818

Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra

•9 marzo 2011 • 2 comentarios

La revista redes publicará otro relato mío en el número 14.

Misión en la Tierra

– ¡Allí! – grité al piloto, señalando en el panel de mando una zona abierta en la selva ocupada por un enorme lago. Descendimos suavemente entre la abundante vegetación hasta posarnos en la lámina líquida. Nuestra misión como nave de reciclaje era la de recuperar meteoritos en planetas con vida, debíamos limitarnos a recogerlos y transportarlos en nuestras enormes bodegas para después proceder a su estudio. En aquella ocasión llevábamos mucho tiempo alejados de nuestro planeta, había sido un día duro de trabajo y como capitán pensé que un baño no haría daño a nadie. Cuando salimos al exterior la vista era fascinante. Había enormes animales desplazándose bajo la superficie, mientras otros se alimentaban próximos a la orilla, mordiendo hojas de los árboles gracias a sus largos cuellos, completamente ajenos a nuestra presencia. Los sistemas nos indicaban que la posición de la nave era segura, aún así no nos alejamos demasiado para no correr riesgos innecesarios. Tras aquel momento de descanso regresamos a nuestras posiciones para continuar hacia nuestro próximo destino. Ordené el despegue y nos elevamos dejando caer un manto de agua sobre el lago, que a cada segundo se hacía más pequeño. De repente, el sistema de control de la nave avisó de un fallo en la bodega de almacenamiento C2. Nos encontrábamos en la zona exterior de la atmósfera y un tanque de combustible había explotado propulsando alguno de los meteoritos recogidos en dirección al planeta. Afortunadamente los daños en la nave no nos impedían continuar, pero la vista era desoladora. Consternados, orbitamos para evaluar las consecuencias. Una nube de polvo cubría una gran superficie, bajo la cual se estaban generando enormes incendios. Los daños sobre la vida animal y vegetal eran ya irreversibles. Resignados, arreglamos el fallo de la compuerta de la bodega y una vez fuera de aquel sistema planetario completé el informe de exploración y lo envié a la unidad central. Recibí un breve mensaje de confirmación. Respiré aliviado. Mientras tanto, el receptor del mensaje, un miembro del área de exploración exoplanetaria, lo archivó en la sección de: “Estrellas con ningún planeta con vida”. Pasaría mucho tiempo hasta que otra nave de exploración fuera enviada allí…

Alien

•24 febrero 2011 • 2 comentarios

La revista Redes publicó otro relato mío hace un mes:

Un nuevo comienzo

Un “bip” en la sala de control nos avisó de una presencia inesperada. Tomamos contacto horas después con la aeronave, tras un largo periodo de tensión en el que esperamos en vano una contestación a nuestros mensajes. Era muy extraño que un transporte de sus caracterísicas recorriera aquel sector y el visor nos mostraba únicamente una zona con vida en la cubierta superior, aunque criogenizada, que el equipo de reconocimiento llevó a nuestros laboratorios con éxito. Había una gran expectación entre la tripulación, el organismo fue descongelado con éxito y mantenía valores normales de sus constantes vitales, aunque estaba inconsciente y nos era absolutamente desconocido. La tragedia comenzó unos días después cuando empezamos a detectar un segundo proceso de vida en su interior, un parásito. Un gran desconcierto nos invadió, esperábamos poder conocer más de aquella extraña raza y aunque en principio parecía que el invasor o generaba ningún rechazo en su huésped, los dos experimentaban cambios importantes. Vigilábamos continuamente or si aparecía cualquier anomalía pero ambos continuaban con su extraño vínculo. El parásito crecía y debatimos si extraerlo o no, sin embargo, para nosotros los androides no era fácil decidir, hacía mucho tiempo que no teníamos contacto con otros organismos y no conocíamos la vida como fue concebida en su origen. De repente nuestro invitado despertó. Sentimos un gran alivio cuando pudimos conocer que su invasor era en realidad su descendencia, un concepto que para nosotros se había convertido en “actualización de sistemas operativos”. Inmediatamente comenzamos a investigar cómo poder crear aquellos seres, que nos parecían tan extraordinarios. 

Mi cena con André

•7 enero 2011 • 1 comentario

A menos que las historias/argumentos dejen de ser tan “planos”, por mucho que añadamos dimensiones al cine me parece que el 3D se quedará en una mera moda pasajera, como ya lo fue en los años 50. Quizá coexista con el cine en 2D, que yo siempre he visto en tres dimensiones, pero si analizamos lo que realmente aporta a cada película no es necesario para muchas. Vivimos obsesionados con la imagen, buscando cada vez más nitidez o mejor definición, y no hay consciencia de que muchas películas utilizaban trucajes y efectos aprovechando los defectos de proyección o edición, y el resultado no es óptimo en las copias DVD o BlueRay, “cantan” mucho los fondos proyectados o los maquillajes. Yo todavía sigo pasando mis VHS a DVD, me gustan las líneas del video y los defectos en algunas películas, que le voy a hacer. Repasad vuestras películas favoritas y pensad si en 3D ganarían en algo, recomiendo Mi cena con André (Mi dinner with André. Louis Malle, 1981). Quizás haya elegido un extremo, un dialogo de casi dos horas, pero la magia está en que si te sientas tranquilamente a verla parece que ya estás allí con los dos protagonistas, sin necesidad de ponerte unas gafas de colores.