El cabo del miedo

Sigo participando regularmente en el concurso de microrrelatos sobre abogados, eso sí, con escaso éxito, pero me divierte el reto.

Marzo 2011

Irrumpió en la sala de malas formas, amenazando al juez y al fiscal con llevarlos a la hoguera. Los alguaciles lo echaron con peores modos, no paraba de gesticular, agitándose como una anguila. Iba a perder el pleito, aquel momento de histeria de mi abogado significaba el fin. Giré la cabeza lentamente, mirando a mi espalda, el banco que ocupaba mi marido estaba vacío, guardando el recuerdo de su presencia como un secreto. Me esperaban días duros, iba a echar de menos las jornadas de trabajo en la Comisión nacional. De repente oí una voz que me susurraba al oído: “Laura, despierta”. Retiré las gafas sorprendida. “¿Ya está?”, le contesté. “Te lo advertí, deberías haber elegido mejor en tu menú”, me recordó Jaime cargado de razón. En el despacho estábamos enganchados al juego virtual La clave del juicio. “¿Qué le hiciste a mi abogado?”. “Tu marido conocía a su mujer…”

Febrero 2011

Crucé las puertas de la sala del tribunal desconcertado. Mientras caminaba por el pasillo en dirección a la salida el fiscal puso la mano sobre mi hombro y me dijo con gesto alegre “Has visto, pan comido”. Le miré, a duras penas lo soportaba, quise abofetearle pero todavía quedaba un interrogatorio para que se acabara esta farsa. Esbocé una sonrisa que vi reflejada en un espejo y mi cara me recordó a una sardina, no me resultaba fácil fingir. Me despidió tras darme una palmada de ánimo en la espalda sin ni siquiera mirarme, saludando a otro colega. Miré al exterior desde el vestíbulo, no llovía, mejor, no había traído el paraguas.

Diciembre 2010

Anoté la dirección con indiferencia y durante unos segundos me quedé mirando los trazos del lápiz sobre el papel, impregnados de mi resignación. Había prometido asistir a la cita con la falsa sinceridad que se comienza a utilizar para afirmarse como adulto. Una campana sonó sobre la puerta cuando entré en el bar, me esperaba junto a la única columna que había en el local, con la mirada baja, como si le pesaran las lágrimas de tanto llorar. Recuerdo cuando de joven le llamaban “el mandarina”, no había cambiado desde entonces, ni siquiera ahora que ya era abogado. Su sonrisa al verme fue franca, la mía no. Habló contándome sus penas, tenía un niño, pero ahora estaba con su mujer, que se había marchado de casa tras años de soledad. Tengo que dejarlo, me suplicó. Te equivocaste de profesión, le contesté, ya es tarde para que te devuelva tu alma.

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~ por administrador en 7 abril 2011.

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